Cuando nadie entiende…

Entre las cosas que más me ha costado en este proceso de aprendizaje es la interacción con aquellos que no entienden, que no quieren entender, o que están cómodos con la información que se ha escuchado por décadas con respecto a la anorexia. Quizás no me debería importar. Hago un trabajo personal importante para soltar mi rabia, impotencia y expectativas frente a los otros. Pero me cuesta. ¿Cómo no me va a importar la percepción errónea que tienen los demás de mi hija, cuando esta percepción la daña, la enjuicia, la limita?

Imagínate que tuvieras un hijo con cáncer, y todos los demás tuvieran la certeza de que la causa de este cáncer es la baja autoestima que tu hijo tiene, y no sólo esto, sino que tú tuviste un papel central en generar esa baja autoestima. No lo dudan. Lo saben, porque es lo que han escuchado durante décadas. Incluso los investigadores más prominentes comparten esta visión, y cuando buscas ayuda profesional, éstos te repiten que el cáncer es debido a problemas psicológicos subyacentes de tu hijo, y que si no va a un psicólogo, no hay mucho que hacer. Y en tu interior sabes, tienes la certeza absoluta, de que estas ideas son absurdas, falsas, y que ninguna de ellas va a sanar a tu hijo. Sabes la verdad. Pero la gran mayoría de las personas que te rodean creen saber más que tú.

¿Te parece exagerado comparar la anorexia con el cáncer? Pues, piénsalo de nuevo. La situación es muy similar. Nos encontramos frente a una enfermedad con profundas y desconocidas bases biológicas, difícil de tratar, con la mayor tasa de muerte (en este caso, en el área de la salud mental). Es una enfermedad maldita, que elige al azar a sus víctimas, y que tiene consecuencias, muchas veces nefastas, tanto para la víctima como para su familia. Pero súmale a lo anterior el terror de ver a tu hijo poseído por un especie de demonio interno que además lo hace pensar que quiere estar mal, que quiere empeorar, que incluso quiere morir.

He intentado mantener el diagnóstico de mi hija lo más privado posible para permitirle una vida moderadamente libre de prejuicios, sin embargo, varias personas lo saben. Pero no lo entienden verdaderamente. He tenido que escuchar a estas personas, en su gran mayoría bien intencionadas, decir “¿No crees que debería tener una relación más saludable con la comida? ¡Si esa es la raíz del problema!” o “Ya está bien de peso, ¿para qué le sigues dando tanta comida?”. Es frustrante entrar a explicar que éste no es un trastorno psicológico, que el hecho de que se vea bien físicamente no significa que está mentalmente estable, que a mi hija se le nota a las pocas horas cuando no ha comido lo suficiente porque su mente la delata, que es como si su mente sólo supiera funcionar correctamente con 2500 calorías de soporte.

Hay tanto que le pasa a uno como mamá (o papá) frente a estas situaciones. Durante mucho tiempo sólo me daban ganas de gritar y llorar de impotencia, pero finalmente sólo eran las lágrimas las que recorrían mis mejillas cuando alguien compartía sus visiones respecto de cómo los padres tienen la culpa de la anorexia, de que mi decisión de comer un régimen vegetariano fue el impuslo para la aparición de esta enfermedad, de que mi hija en realidad era demasiado dependiente e infantil. Luego de más de un año luchando en contra de Ana, siento que por fin he recobrado la fuerza suficiente para educar a otros, aunque no quieran ser educados.

Los miles de padres que me acompañan en esta travesía me impulsan, motivan y apañan. No somos pocos, sino miles de padres que comprendemos la realidad de vivir esta enfermedad a través de nuestros hijos. Este conocimiento, el que hemos adquirido con el sudor y empuje de la experiencia, es suficiente para generar un cambio importante en el consciente e inconsciente colectivo. Tenemos un tremendo potencial, si sólo nos atrevemos a educar con paciencia y perseverancia.

Entonces, no bajes los brazos. Cuando tu familiar, amigo o médico te haga un comentario acerca de la anorexia que sigue los preceptos obsoletos de la teoría psicológica de antaño, háblale acerca de esta página, preséntale la evidencia, explícale lo que sabes. Pues lo que sabes no es aquella sabiduría vacía adquirida por los libros. Lo tuyo es la sabiduría de la experiencia, es aquella adquirida por la existencia misma. Y esa es la que es única, poderosa y capaz de cambiar el mundo.

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