¿Cómo logro que mi hija/o se siente?

Uno de los primeros signos extraños en mi hija, incluso antes de que nos diéramos cuenta de que tenía anorexia, fue que no deseaba sentarse. Pasaba horas de pie, leyendo, dibujando, o simplemente haciendo como que estaba ‘haciendo algo’ para no tener que sentarse. En los momentos de mayor gravedad de mi hija, ni siquiera se sentaba cuando tenía que ir al baño, sino que simplemente se mantenía encorvada, asegurándose de no tocar el asiento. En un inicio, éste fue uno de los síntomas que me confundió. ‘Esto no parece otra cosa que un Trastorno Obsesivo Compulsivo’, me decía a mi misma. Jamás se me habría ocurrido pensar que éste era un típico signo que presentan varios niños, niñas y adolescentes que sufren de anorexia. ¿En qué libro aparece ésto?

Con el pasar de las semanas, nos percatamos de la gravedad de esta situación. Mi hija, simplemente, NO QUERÍA SENTARSE. Era tremendamente obstinada cuando se trataba de no estar en pie. Luego comprendería que esta conducta era una más dirigida a no subir de peso. En la mente de mi hija, sentarse era engordar. El alma se me hace un nudo cuando recuerdo esos días en los cuales mi hermosa hija se levantaba asustada a las 8 de la mañana -ya que, en su mente, era la hora en la que debía comenzar a estar en pie- y comenzaba a caminar desde un lado de la habitación a la otra, con la mirada fija y angustiada. No había nada que la pudiera detener.

Tuve la suerte de contactar a una mujer que es participante activa de Around the Dinner Table. He aquí nuestro intercambio de correo electrónico en cuanto a este tema:

Mi súplica:

“Mi problema más grande es que los pensamientos obsesivos de mi hija son terribles: NO ve televisión ni juega porque no puede sentarse. Ahora que estoy escribiendo, está caminando de un lado a otro […]”

Su respuesta:

“El movimiento es compulsión de ejercicio y debes requerir que se siente. Es muy difícil de hacer. Cuando esté comiendo debes insistir que coma más y que no se levante de la mesa hasta que eso suceda […]”.

No entendía cómo lo lograría. La única opción era amarrarla a una silla, y claramente no la iba a someter a esa tortura. ‘Debes requerir que se siente‘. ¿Cómo se hace eso?

Las primeras veces que logré que mi hija se sentara fue un día que le hizo sentido que estaba un poco ‘resfriada’. Le dije “Ahora sí que tienes que estar en cama, te guste o no, porque estás resfriada”. Me miró con cara de preocupación y alivio a la vez, y me dijo “¿Estás segura? ¿Estoy un poco resfriada?” “Sí, tienes que estar en cama.” En sus ojos veía la sensación de alivio que le producía esta información, pero también la notaba con miedo. Algo en su mente le decía que sentarse estaba mal.

Pero lo logramos. Fue casi un día completo de estar en cama, a un mes de su diagnóstico. Sin embargo, era demasiado temprano para declarar un triunfo absoluto. Mi hija luchaba con sus pensamientos y comenzó a pedirme ayuda para estar realmente resfriada (y así tener una excusa para mantenerse en cama), por lo cual procedimos con mi madre a crear varios métodos fraudulentos para ‘resfriarla’: cáscaras de plátano bajo la planta de los pies, cebollas bajo la axila, un paño mojado con agua helada amarrado a su frente, salir en pijama al balcón en pleno invierno. Ahora que miro para atrás, incluso lo encuentro gracioso. Pero realmente era tragicómico. Si mi hija necesitaba tener una excusa para mantenerse sentada un rato, se la iba a dar.

A pesar de todo lo que hicimos (y que realmente podría haber terminado en un resfrío) y a pesar de su estado de salud deplorable, el resfrío no vino. Yo le tocaba la frente y le decía, “Estás tibia, ¡ves que te estás resfriando!” ¡Qué terrible la dinámica que estábamos creando!, pero lo único que importaba era que mi hija se comenzara a recuperar.

El tema es que la obsesión de mi hija con no sentarse se mantuvo durante mucho, mucho tiempo. Comenzó a mejorar tempranamente, en el sentido de que ya no estaba de pie desde las 8 de la mañana hasta la medianoche (literalmente), pero aún debía estar de pie la mayor parte del tiempo posible.

Tomó aproximadamente un año y 3 meses para que esta obsesión de mantenerse de pie dejara a mi hija. 

En un momentó pensé que mi hija sería de esos casos extraños en los cuales nunca más se quieren sentar y que no se recuperaría de esta obsesión (de los cuales, no conozco ninguno). Pero no. Sólo debíamos tener paciencia.

Mi hija hoy puede estar sentada todo el día si así lo quiere . Toca guitarra sentada en su cama, lee acostada, juega video-juegos sentada o arrodillada. Recuerdo que hubo un período en el cual aún le pedía que se sentara, y me decía “Mamá, si ya no estoy obsesiva con eso!!” Ya no recuerdo si su percepción era correcta o no. Sólo sé que el día en que vi que esto ya no era una preocupación para ella, lo supe de inmediato.

Esta enfermedad nos enfrenta a tanto desafío, tanto malestar, tanta lucha, día tras día tras día. He aprendido a tener una paciencia que jamás había tenido que tener previamente, una capacidad de esperar, de repetir las cosas una y otra vez, de sostener la mano de mi hija con fuerza y seguridad a pesar de que en mi interior, las cosas se derrumbaban. A pesar de lo extremadamente traumático, hoy puedo decir que soy mejor en todo sentido debido a esta enfermedad. Y a pesar de que sí, hubiese deseado que esto jamás le hubiese sucedido a mi pequeña, es más fuerte hoy de lo que jamás se hubiese esperado.

Sea cual sea el pensamiento obsesivo que esté presentando tu hijo o hija, recuerda: esto también pasará. No hay otra forma de que la esperanza se mantenga viva en ti. Esto pasará. Aférrate de la experiencia de los que nos encontramos al otro lado de la tormenta.

El sol volverá a salir.

 

Tres años

El tiempo que demora una recuperación completa de esta enfermedad. Tres años. Ese era el promedio de años que leía en los foros de Around the Dinner Table. ¿Tres años? Imposible. ¿Cómo sería posible? ¿Era posible? Esos primeros meses buscando respuestas, aprendiendo, conociendo, adentrándome a lo desconocido, tantas preguntas daban vueltas en mi cabeza, no entendía la real complejidad de la situación. ¡¿Tres años?! A los 3 meses de re-alimentación mi hija ya mostraba una mejoría impresionante. ¿Tres años? ¿Acaso no era posible que nuestro caso fuera diferente? ¿Sería que habíamos comenzado el proceso de re-alimentación tan temprano en la enfermedad que habíamos logrado algo que no se había visto previamente? ¿Quizás, finalmente, no era anorexia, o al menos, no una expresión tan severa de la enfermedad?

Los primeros días, semanas, y meses de esta enfermedad son muy confusos. Es caminar en la oscuridad, con los brazos extendidos, esperando chocar con algo para luego palparlo y poder entenderlo y reconocerlo. Y luego, seguir avanzando a oscuras, hasta que, con mucha dificultad, tu vista se acostumbra a este nuevo escenario, pudiendo incluso predecir lo que quizás aparezca a continuación.

A los dos, tres y cuatro meses de nuestra furiosa batalla por ayudar nuestra hija a subir de peso, seguía creyendo, ingenuamente, que quizás mi hija era un caso diferente, que su anorexia no tendría la misma evolución ni tropiezos que lo que leía en las familias que habían logrado llegar al otro lado del camino. Que quizás, siendo increíblemente optimista, esto terminaría mucho antes de lo que pensaba.

Al mes cinco, seis, siete y ocho, comencé a aceptar la realidad:

Mi hija tenía anorexia y su recuperación iba a demorar mucho tiempo. Y con toda probabilidad, tres años.

De a poco he ido reconociendo la importancia de confiar en aquellos que ya han estado en este camino. Vamos acercándonos a la terrible fecha en la cual comenzó todo hace dos años. Recién. Mi hija, sin duda, está muchísimo mejor. No puedo expresarles adecuadamente lo bien que está en comparación con su peor momento. Está viva, está contenta, sus momentos malos son muy pocos, y disfruta de la comida, incluso de a poco consiguiendo comer de manera intuitiva. Pero claro, falta. Claro que falta. El TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) asociado a esta enfermedad aún aparece (diciéndole, por ejemplo, que debe estar haciendo algo afuera al aire libre en vez de adentro, ‘encerrada’), y a veces -aunque muy pocas- aún duda si debe comer algo que desea comer. Su ánimo a veces fluctúa de manera un tanto preocupante, e incluso me ha dicho que hay momentos en los cuales le dan ganas de ‘hacerse daño’. Pero son momentos, tropiezos mínimos en un camino parejo, suave, agradable, estable. Estamos en un paraíso en comparación con el infiero profundo al que estuvimos sometidos durante tantos meses, casi un año. Aún así, las cosas recién comenzaron a mejorar notoriamente hace cinco meses, ya a un año y tres meses de comenzar a re-alimentar a nuestra hija. Un año y tres meses para ver una mejoría sustancial, pero no completa. Y a pocas semanas de cumplir dos años de esta aterradora odisea, aún falta. Entonces, acepto. Acepto que los demás tenían razón y que yo me encontraba en una negación esperable de mamá primeriza. Mi hija no es un caso especial. Mi hija es un caso como miles de otros. Y si nos queda aún un año más para que este 95% de recuperación se convierta en 100, allá vamos.

Hace unos meses atrás, leí en el foro ATDT la publicación de una madre que nos contaba que su hija, ya de 17 años y recuperada desde los 15, le confesó lo siguiente: “Mamá,” le dijo. “¿Sabes cuál fue el peor error que cometiste durante los años luego de mi restauración de peso?” “No, ¿cuál?”, le preguntó la madre. “Fue permitirme volver a hacer deporte, aunque fuera por tiempos limitados. Porque, mamá, ahí comencé a sentirme nerviosa nuevamente, asustada de la necesidad de hacer ejercicio, de moverme, y esos pensamientos Ana comenzaron a rondarme de nuevo. Las cosas se me hicieron difíciles, ya que yo llegaba a mis clases de gimnasia y sólo podía pensar en ejercitarme lo máximo que pudiera durante esa hora”.

A los pocos días, mi hija se me acercó y me dijo “Mamá, creo que me tienes que retirar del electivo de gimnasia en el colegio”. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque estoy empezando a pensar cosas Ana, me hace mal”. El hecho de que mi hija fuera capaz de realizar ese acto tan valiente, de autocuidado, me sorprendió y me corroboró lo mucho que ha avanzado. El hecho de que me hiciera saber algo que otra niña, a miles de kilómetros de aquí, le había hecho saber a su mamá hace unos días, me recordó que esta enfermedad es lenta y muy similar en todos quienes la sufren.

A mi hija aún le falta tiempo para eliminar por completo esta enfermedad de su cabeza. Un año más, un año y medio, no lo sé con exactitud. Pero, Dios, que doy gracias por el hecho de poder ver la salida del túnel, por fin. A lo lejos, ahí está. Aún fuera de nuestro alcance inmediato, pero lo vemos. Allá vamos.