Tres años

El tiempo que demora una recuperación completa de esta enfermedad. Tres años. Ese era el promedio de años que leía en los foros de Around the Dinner Table. ¿Tres años? Imposible. ¿Cómo sería posible? ¿Era posible? Esos primeros meses buscando respuestas, aprendiendo, conociendo, adentrándome a lo desconocido, tantas preguntas daban vueltas en mi cabeza, no entendía la real complejidad de la situación. ¡¿Tres años?! A los 3 meses de re-alimentación mi hija ya mostraba una mejoría impresionante. ¿Tres años? ¿Acaso no era posible que nuestro caso fuera diferente? ¿Sería que habíamos comenzado el proceso de re-alimentación tan temprano en la enfermedad que habíamos logrado algo que no se había visto previamente? ¿Quizás, finalmente, no era anorexia, o al menos, no una expresión tan severa de la enfermedad?

Los primeros días, semanas, y meses de esta enfermedad son muy confusos. Es caminar en la oscuridad, con los brazos extendidos, esperando chocar con algo para luego palparlo y poder entenderlo y reconocerlo. Y luego, seguir avanzando a oscuras, hasta que, con mucha dificultad, tu vista se acostumbra a este nuevo escenario, pudiendo incluso predecir lo que quizás aparezca a continuación.

A los dos, tres y cuatro meses de nuestra furiosa batalla por ayudar nuestra hija a subir de peso, seguía creyendo, ingenuamente, que quizás mi hija era un caso diferente, que su anorexia no tendría la misma evolución ni tropiezos que lo que leía en las familias que habían logrado llegar al otro lado del camino. Que quizás, siendo increíblemente optimista, esto terminaría mucho antes de lo que pensaba.

Al mes cinco, seis, siete y ocho, comencé a aceptar la realidad:

Mi hija tenía anorexia y su recuperación iba a demorar mucho tiempo. Y con toda probabilidad, tres años.

De a poco he ido reconociendo la importancia de confiar en aquellos que ya han estado en este camino. Vamos acercándonos a la terrible fecha en la cual comenzó todo hace dos años. Recién. Mi hija, sin duda, está muchísimo mejor. No puedo expresarles adecuadamente lo bien que está en comparación con su peor momento. Está viva, está contenta, sus momentos malos son muy pocos, y disfruta de la comida, incluso de a poco consiguiendo comer de manera intuitiva. Pero claro, falta. Claro que falta. El TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo) asociado a esta enfermedad aún aparece (diciéndole, por ejemplo, que debe estar haciendo algo afuera al aire libre en vez de adentro, ‘encerrada’), y a veces -aunque muy pocas- aún duda si debe comer algo que desea comer. Su ánimo a veces fluctúa de manera un tanto preocupante, e incluso me ha dicho que hay momentos en los cuales le dan ganas de ‘hacerse daño’. Pero son momentos, tropiezos mínimos en un camino parejo, suave, agradable, estable. Estamos en un paraíso en comparación con el infiero profundo al que estuvimos sometidos durante tantos meses, casi un año. Aún así, las cosas recién comenzaron a mejorar notoriamente hace cinco meses, ya a un año y tres meses de comenzar a re-alimentar a nuestra hija. Un año y tres meses para ver una mejoría sustancial, pero no completa. Y a pocas semanas de cumplir dos años de esta aterradora odisea, aún falta. Entonces, acepto. Acepto que los demás tenían razón y que yo me encontraba en una negación esperable de mamá primeriza. Mi hija no es un caso especial. Mi hija es un caso como miles de otros. Y si nos queda aún un año más para que este 95% de recuperación se convierta en 100, allá vamos.

Hace unos meses atrás, leí en el foro ATDT la publicación de una madre que nos contaba que su hija, ya de 17 años y recuperada desde los 15, le confesó lo siguiente: “Mamá,” le dijo. “¿Sabes cuál fue el peor error que cometiste durante los años luego de mi restauración de peso?” “No, ¿cuál?”, le preguntó la madre. “Fue permitirme volver a hacer deporte, aunque fuera por tiempos limitados. Porque, mamá, ahí comencé a sentirme nerviosa nuevamente, asustada de la necesidad de hacer ejercicio, de moverme, y esos pensamientos Ana comenzaron a rondarme de nuevo. Las cosas se me hicieron difíciles, ya que yo llegaba a mis clases de gimnasia y sólo podía pensar en ejercitarme lo máximo que pudiera durante esa hora”.

A los pocos días, mi hija se me acercó y me dijo “Mamá, creo que me tienes que retirar del electivo de gimnasia en el colegio”. “¿Por qué?”, le pregunté. “Porque estoy empezando a pensar cosas Ana, me hace mal”. El hecho de que mi hija fuera capaz de realizar ese acto tan valiente, de autocuidado, me sorprendió y me corroboró lo mucho que ha avanzado. El hecho de que me hiciera saber algo que otra niña, a miles de kilómetros de aquí, le había hecho saber a su mamá hace unos días, me recordó que esta enfermedad es lenta y muy similar en todos quienes la sufren.

A mi hija aún le falta tiempo para eliminar por completo esta enfermedad de su cabeza. Un año más, un año y medio, no lo sé con exactitud. Pero, Dios, que doy gracias por el hecho de poder ver la salida del túnel, por fin. A lo lejos, ahí está. Aún fuera de nuestro alcance inmediato, pero lo vemos. Allá vamos.

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