Cuando confiar se vuelve necesario…

Acabo de volver de la escuela de mi hija, luego de una reunión fantástica con una de sus profesoras. Mi hija lleva casi dos años y medio en su proceso de realimentación, y está realmente bien. Durante la última sesión con su psiquiatra, ésta comunicó que ya estamos en el momento de considerar la reducción de sus medicamentos desde junio de este año. Mi alegría es enorme y estoy llena de esperanza. Sé que la predisposición siempre estará, pero la vida, hoy, nos trata de maravillas.

Desde el comienzo de este proceso, hemos intentado mantener de la manera más confidencial posible el diagnóstico y proceso de mi hija. Le hemos hecho saber sólo a las personas esenciales (principalmente a la familia) el diagnóstico de anorexia y lo que hemos descubierto acerca de esta enfermedad con cada paso que damos. Guardar esto como un tesoro ha sido sanador, fundamentalmente porque he querido proteger a mi hija de lo que las personas mal informadas pudiesen decirle.

El año pasado fue el primer año que mi hija volvió a la vida escolar, luego de un año y un tanto más de estar en recuperación. No volvió 100% recuperada; todo lo contrario, recién estaba comenzando con el tratamiento farmacológico y no sabíamos bien cómo iba a ser la experiencia de volver a la escuela, tanto para ella como para nosotros. Pero resultó ser un acierto: logró acomodarse bien, hacer amistades y, a pesar de un desliz en el cual descubrimos que estaba echando su colación al tacho de la basura todas las mañanas, sanar cada vez más. En algunos momentos pensé que quizás iba a ser necesario romper esta malla de seguridad tan firme que habíamos creado alrededor de la experiencia de mi hija, pero no fue necesario. Su año escolar terminó bien, y este año volvía a su 8vo año escolar.

Hoy me llama mi hija a las 8:45 de la mañana. “Mamá… lo que pasa es que estoy en ciencias y la profesora está hablando de las calorías, tenemos que hacer un cálculo con el peso y, aunque la verdad es que estoy bien, igual estas cosas inmediatamente me empiezan a afectar…” ¡Hija mía! ¡Cuánto dolor recorre mi cuerpo cuando te escucho angustiada por algo que ni tú puedes explicar! Conversamos un rato, yo alerta y poniéndome el traje de súper heroína -que casi es una segunda piel- mientras ella me habla, pensando, explorando, ¿Qué debo hacer? ¿Debo hablar con la profesora? ¿Adónde le digo a mi hija que se vaya en este momento? ¿Cómo evito que mi hija sienta más angustia? ¿Cómo le transmito tranquilidad cuando ni yo la percibo en mí?, y tantas, tantas preguntas más. Mi hija, en su desesperación, había pedido a la profesora hacer una llamada urgente estando en clases. Yo sabía que su sensación era real. Y en pocos segundos, decidí que debía hablar con la profesora. “Mi amor, pregúntale a la profesora si puedo hablar un segundo con ella…” La profesora accedió, y de una forma enrredada y clara a la vez, le expliqué que mi hija no podía estar en esta clase en este momento por una situación muy complicada que quisiera explicarle hoy luego de la clase. La profesora, muy amable, me dice “¡Por supuesto! La voy a enviar a la biblioteca para que pueda leer por mientras…!” Ni me he bañado, pero mi traje de super heroína ya lo tengo puesto, me arreglo rapidito y salgo para encontrarme con la profesora a las 9:30, hora en la que termina la clase.

Al encontrarme en el colegio estoy nerviosa. No sé si me va a entender la profesora, pues ya estoy decidida a contárselo todo, es la única manera. ¿Me comprenderá? ¿Mantendrá confidencial esta información? ¿Qué pasa si este es un error? No, cualquier cosa que sea por ayudar a mi hija a estar lo más tranquila posible no es un error. Llega la profesora, y con una calma y claridad nunca antes vista en mí al hablar acerca de este tema, le explico todo, todos los detalles que ella debe saber.

Y me entiende.

Me entiende mejor de lo que me podría haber imaginado. No me juzga, se pone en mi lugar, me demuestra una empatía enorme, que yo no esperaba. Inmediatamente me pide disculpas por no saber, por haber expuesto a mi hija a estas clases que para ella deben haber sido muy difíciles. Me habla como una amiga, como una mamá -diciéndome que también lo es- como una confidente, y me da toda la seguridad que necesito para sentirme tranquila de que tomé la decisión correcta. “No se preocupe, su hija no tendrá que venir a las siguientes dos clases, y su prueba no incluirá estos contenidos…” ¿Es suerte? No lo sé, sólo sé que en el momento en el que tuve que abrir mi corazón y romper la red protectora, esta mujer estaba ahí para decir y hacer todo lo que yo necesitaba, y mejor de lo que pudiese haber esperado.

Los desafíos en este caminar parecieran no tener fin, y el trabajo de uno es de largo aliento. ¿Cómo sería si supiéramos que las personas en nuestras familias, escuelas y comunidades tendrían la actitud precisa, las palabras de aliento que necesitamos escuchar, la empatía y la ausencia de juicio por la enfermedad que viven nuestros hijos? La angustia y el dolor disminuiría, sin duda.

Hoy, doy gracias por la mujer que recibió mi relato, por esta persona que hoy entra al círculo íntimo de los que queremos lo mejor para mi hija e intentamos entenderlo desde estas nuevas aristas. A veces, es necesario confiar para educar, tal como lo es educar para confiar, a pesar de que nunca podremos estar completamente seguros de que nos tocará aquella persona ideal para abrir nuestros corazones.

La experiencia de hoy me permite creer un poquito más en el mundo, en las personas, y en que mi hija -nuestros hijos e hijas- podrán ir descubriéndose y sanándose en espacios más seguros, empáticos, sinceros y llenos de amor. Esa es mi esperanza. Que así sea.

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